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viernes, 7 de marzo de 2014

Pálido fuego, Vladimir Nabokov




 
 Foto: http://tattoolit.com/



Canto primero

Yo era la sombra del picotero asesinado (1)
por el falaz azur de la ventana;
era la mancha de plumón ceniza, y vivía, 
volaba siempre en el cielo reflejado. 
Y desde adentro también me duplicaba, 
yo mismo, mi lámpara, la manzana en un plato: 
corriendo la cortina, el vidrio oscuro 
suspendía los muebles en la hierba, 
¡y qué delicia cuando una nevada (10) 
ese atisbo de césped ocultaba 
y entonces silla y cama se posaban justo 
en la nieve, fuera, en la tierra de cristal! 

Retomar la nevada: cada copo a la deriva 
informe y lento, opaco e inestable, 
blanco mate y sombrío contra el blanco pálido del día
y abstractos alerces en la luz neutral. 
Y después el doble azul gradual 
cuando la noche une al que ve y a lo visto, 
y en la mañana diamantes de la escarcha (20)
expresan el asombro: ¿Qué espolonadas patas han cruzado 
de izquierda a la derecha la página en blanco del camino? 
Leyendo de izquierda a derecha en el código invernal: 
una tilde, una flecha invertida... ¡Las patas de un faisán! 
Belleza con gorguera, ortega sublimada 
que descubres tu China justo tras de mi casa. 
¿Era de Sherlock Holmes el personaje aquel 
cuyas huellas retrocedían al invertir los zapatos? 

Todos los colores me hacían feliz, incluso el gris. (30) 
Mis ojos eran tales que literalmente 
fotografiaban. Siempre que yo lo permitía 
o, con un temblor silente, lo ordenaba, 
todo lo que caía en mi campo visual 
—una escena de interior, las hojas de un nogal, los esbeltos 
estiletes de una helada estalactita— 
e impreso en mis párpados, por dentro, 
quedaba rezagado una hora, o dos,
y entre tanto, me bastaba 
cerrar los ojos para reproducir las hojas, (40)
o la escena de interior, o los trofeos del alero. 

No entiendo por qué podía desde el lago 
distinguir nuestra entrada cuando iba 
por Lake Road a dar clase, y ahora aunque no haya 
árbol que se interponga, miro pero no veo 
ni siquiera el tejado. Tal vez un recodo del espacio
ha formado un pliegue o surco desplazando 
la frágil perspectiva, la casa de madera 
entre Goldsworth y Wordsmith en su cuadro de verde.
 
Yo tenía allí un nogal joven, favorito, (50) 
de amplias hojas jade oscuro y negro, y fino 
tronco vermiculado. El sol poniente 
pavonaba la corteza negra y alrededor, como guirnaldas 
desatadas, caían las sombras del follaje. 
Ahora es fuerte y rugoso; ha crecido bien.
Las mariposas blancas se vuelven lavanda cuando 
atraviesan su sombra, donde parece mecerse 
delicadamente el fantasma del columpio de mi hijita.
 
La casa es más o menos la misma. Un ala 
ha sido restaurada. Hay un solario. Hay una (60) 
gran ventana flanqueada de sillas fantasiosas. 
El enorme sujetapapeles de la TV brilla ahora en lugar 
de la rígida veleta tantas veces visitada 
por el ingenuo, leve mirlo 
que repetía todos los programas escuchados, 
pasando de chipo - chipo a un claro 
tu - ui, tu - ui , y luego a un grito ronco: come here, 
come here, come herrr , meneando la erguida cola 
o entregándose con gracia a una suave 
ascendente pirueta y volviendo (¡ tu - ui !) (70) 
en seguida a su pértiga, la nueva TV. 
Yo era muy pequeño cuando mis padres murieron. 
Los dos eran ornitólogos. He tratado 
tantas veces de evocarlos que hoy 
tengo un millar de padres. Tristemente 
con sus propias virtudes se confunden, y se borran, 
pero ciertas palabras, palabras oídas al azar, 
como "corazón frágil", siempre aluden a él, 
y "cáncer de páncreas", a ella se refieren.

Un preterista: el que recoge nidos abandonados. (80) 
Aquí estaba mi dormitorio, ahora reservado a los huéspedes. 
Aquí, arropado por la criada canadiense, 
escuchaba el murmullo de la conversación de abajo, y rezaba 
para que todos estuvieran siempre bien, 
tíos y tías, la criada, su sobrina Adèle, 
que había visto al Papa, gentes de los libros, y Dios.
 
Me crió mi querida, extravagante tía Maud, 
poeta y pintora que gustaba 
de objetos realistas mezclados 
con grotescas ramificaciones e imágenes de perdición. (90) 
Vivió para escuchar el primer llanto del niño siguiente. Su cuarto
lo hemos conservado intacto. Sus fruslerías componen 
una naturaleza muerta a su manera: el pisapapeles 
de vidrio convexo que encierra una laguna, 
el libro de versos abierto en el índice (Luna, 
Lunar, Luto, Luz), la guitarra abandonada, 
la calavera, y un recorte del Star local: 
Los Yanks baten a los Rex por 5 a 4, sobre 
el Homero de Chapman , clavado en la puerta.
 
Mi Dios murió joven. La teolatría me parecía (100) 
degradante, y sus premisas, inciertas. 
Ningún hombre libre necesita un Dios; ¿pero era yo libre? 
¡Con qué plenitud sentía a la naturaleza pegada a mí 
y cómo amaba mi paladar infantil el gusto 
mitad miel, mitad pescado de esa dorada cola! 
Desde la infancia mi libro de imágenes fue
el pergamino pintado que tapiza nuestra jaula: 
anillos morados alrededor de la luna; un sol naranja sanguina; 
el iris doble, y ese raro fenómeno, 
la irídula —cuando, extraña y magnífica, (110) 
en un cielo brillante, sobre una cadena montañosa, 
una nubécula ópalo de forma oval 
refleja el arco iris de una tormenta 
montada en un valle distante—, 
pues estamos muy artísticamente enjaulados.
 
Y el muro del sonido: el muro nocturno 
que un trillón de grillos levantan en el crepúsculo. 
¡Impenetrable! A medio camino, en la colina, 
me detenía avasallado por sus delirantes trinos. 
Es la luz del Dr. Sutton. Es la Osa Mayor. (120) 
Hace mil años cinco minutos eran 
iguales a cuarenta onzas de fina arena. 
Mirar fijo las estrellas. Infinito pasado 
e infinito futuro: por encima de tu cabeza 
como alas gigantes se cierran, y estás muerto.
 
El común de los mortales, diría yo, 
es más feliz: ve la Vía Láctea 
sólo cuando orina. Entonces como ahora 
yo caminaba por mi cuenta y riesgo: fustigado por las ramas, 
tropezando en las cepas. Asmático, cojo y gordo, (130) 
nunca hice rebotar una pelota ni empuñé un bate.
 
Yo era la sombra del picotero asesinado 
por la ficticia lejanía del cristal de la ventana. 
Tenía un cerebro, cinco sentidos (uno de ellos único), 
pero en todo lo demás era un engendro ridículo. 
En mis sueños nocturnos jugaba con otros chicos, 
pero en realidad no envidiaba nada, salvo quizá 
el milagro de una lemniscata trazada 
en la húmeda arena por las ruedas descuidadamente 
diestras de una bicicleta. 

Un hilo de dolor sutil (140) 
que la traviesa muerte mueve, suelta después, 
pero siempre presente, corre a través de mí. Un día, 
acababa de cumplir once años, mientras tendido 
en el suelo, contemplaba un juguete de cuerda 
—un carrito de lata tirado por un muchacho de lata— 
que pasaba entre las patas de las sillas y se perdía debajo de la cama, 
irrumpió de pronto el sol en mi cabeza. 
Y después la negra noche. Aquella negrura era sublime. 
Me sentía disperso en el espacio y en el tiempo: 
un pie en la cima de una montaña, una mano (150) 
bajo los guijarros de un arroyo jadeante, 
una oreja en Italia, un ojo en España, 
en las grutas mi sangre y en las estrellas mi cerebro. 
Había sordas palpitaciones en mi Triásico; verdes 
manchas ópticas en el Pleistoceno Superior, 
y un estremecimiento helado en mi Edad de Piedra,
y todos los mañanas en mi huesecillo de la risa. 
Durante un invierno, cada tarde 
me hundí en aquel desmayo momentáneo. 
Y después desapareció. Se borró su recuerdo. (160) 
Mi salud mejoró. Hasta aprendí a nadar. 
Pero como un muchachito obligado a calmar 
con su pura lengua la abyecta sed de una mujer, 
fui corrompido, aterrado, fascinado,  
y aunque el viejo doctor Colt me declaró curado 
de lo que, decía, eran sobre todo males del crecimiento, 
la maravilla dura y la vergüenza permanece.

martes, 22 de octubre de 2013

Manual de combate, Bukowski




 
Dijeron que Céline era un nazi
dijeron que Pound era un fascista
dijeron que Hamsun era un nazi y un fascista.
Pusieron a Dostoievsky frente a un pelotón
de fusilamiento
y mataron a Lorca
le dieron electroshocks a Hemingway
(y vos sabés que se pegó un tiro)
y echaron a Villon de la ciudad (París)
y Mayakovsky
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados,
bueno,
también se pegó un tiro.
Chatterton se tomó veneno de ratas
y funcionó
y algunos dicen que Malcom Lowry se murió
ahogado en su propio vómito
borracho.
Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.

El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no encendió el horno.

Séneca se cortó las muñecas en la
bañera (es la mejor manera:
en agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir y
hay muchos más.
¿Y vos querés ser un
escritor?

Es esa clase de guerra:
la creación mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo y
no lo pueden hacer
nunca más.
Algunos pocos llegan a viejo.
Algunos pocos hacen plata.
Algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
Es esa clase de guerra:
bajas por todas partes.

Está bien, adelante
hacelo
pero cuando te ataquen
por el lado que no ves
no me vengas con
remordimientos.

Ahora me voy a fumar un cigarrillo
en la bañera
y luego me voy a ir a
dormir.



Charles Bukowski

sábado, 28 de septiembre de 2013

Soneto 129, William Shakespeare



Derroche del espíritu en vergüenza
la lujuria es en acto, y hasta el acto,
perjura, sanguinaria, traidora,
salvaje, extrema, cruel y ruda:
Despreciada no bien se la disfruta,
sin mesura anhelada, y ya alcanzada,
olvidada sin mesura, cual un cebo
que desquicia al incauto que lo traga.
Desquicio los suspiros, los abrazos,
los gemidos del antes y el durante,
júbilo al gozar, después penuria,
promesa de alegría, luego un sueño.
Lo saben todos, pero nadie sabe
cerrar el cielo que lleva hasta ese infierno.

miércoles, 28 de agosto de 2013

El juguete del pobre (Baudelaire)


Foto: http://www.baudelaire.galeon.com/

Quiero dar idea de una diversión inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!

Cuando salgáis por la mañana con decidida intención de vagar por la carretera, llenaos los bolsillos de esos menudos inventos de a dos cuartos, tales como el polichinela sin relieve, movido por un hilo no más; los herreros que martillan sobre el yunque; el jinete de un caballo, que tiene un silbato por cola; y por delante de las tabernas, al pie de los árboles, regaládselos a los chicuelos desconocidos y pobres que encontréis. Veréis cómo se les agrandan desmesuradamente los ojos. Al principio no se atreverán a tomarlos, dudosos de su ventura. Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo, y echarán a correr como los gatos que van a comerse lejos la tajada que les disteis, porque han aprendido a desconfiar del hombre.

En una carretera, detrás de la verja de un vasto jardín, al extremo del cual aparecía la blancura de un lindo castillo herido por el sol, estaba en pie un niño, guapo y fresco, vestido con uno de esos trajes de campo, tan llenos de coquetería.

El lujo, la despreocupación, el espectáculo habitual de la riqueza, hacen tan guapos a esos chicos, que se les creyera formados de otra pasta que los hijos de la mediocridad o de la pobreza.

A su lado, yacía en la hierba un juguete espléndido, tan nuevo como su amo, brillante, dorado, vestido con traje de púrpura y cubierto de penachos y cuentas de vidrio. Pero el niño no se ocupaba de su juguete predilecto, y ved lo que estaba mirando:

Del lado de allá de la verja, en la carretera, entre cardos y ortigas, había otro chico, sucio, desmedrado, fuliginoso, uno de esos chiquillos parias, cuya hermosura descubrirían ojos imparciales, si, como los ojos de un aficionado adivinan una pintura ideal bajo un barniz de coche, lo limpiaran de la repugnante pátina de la miseria.

A través de los barrotes simbólicos que separaban dos mundos, la carretera y el castillo, el niño pobre enseñaba al niño rico su propio juguete, y éste lo examinaba con avidez, como objeto raro y desconocido. Y aquel juguete que el desharrapado hostigaba, agitaba y sacudía en una jaula, era un ratón vivo. Los padres, por economía, sin duda, habían sacado el juguete de la vida misma.

Y los dos niños se reían de uno a otro, fraternalmente, con dientes de igual blancura. 

Charles Baudelaire, El Spleen de París

viernes, 2 de agosto de 2013

Un par de poemas de Bruce Lee



La Helada

Hombre joven,
aprovecha cada minuto
de tu tiempo
los días pasan;
antes de que tú también
crezcas viejo.

Si no me crees
mira ahí, en el jardín,
cómo la helada
brilla blanca y fría y cruel
en el pasto que alguna vez
fue verde.

¿Acaso no ves
que tú y yo
somos como las ramas
de un árbol?
Con tu alegría,
viene mi risa;
con tu tristeza
comienzan mis lágrimas.

Amor,
¿podría la vida ser otra cosa
que tú y yo?

***

Aquellos que saben no hablan;
aquellos que hablan no saben.
Detén tu lógica
Deja que lo agudo pierda su filo,
que las marañas se resuelvan,
la luz se temple
y la agitación acalle;
pues esta es la unidad mística
a donde el sabio es llevado
No por afecto
ni por distancia
ni por ganancia o pérdida
ni por vergüenza ni por honor.
Por acuerdo general, todo el mundo
lo tiene como el más alto.

domingo, 28 de julio de 2013

fabúlame (Sasja Janssen)





Recuerdo la vida que no acaba
Recuerdo las vueltas por la extensa nieve azul celeste
Recuerdo los cerditos muertos a la vera del camino
durmiendo dulcemente, aún hablaban
Recuerdo mi primer amor que me dejó
Recuerdo a mi madre, a veces le toca felicidad
Recuerdo mi caída de la bici como una figurita
sobre un viaducto en la helada
Recuerdo a mi marido con omóplatos como alas
Recuerdo una procesión en el pueblo primaveral con cintas
en los árboles, los vestiditos blancos falsos el sol cortante

recuérdame.

Recuerdo a mi hijo nonato
Recuerdo la ciudad, sus suburbios, el edificio de la saltadora invitada
donde yo estudiaba
Recuerdo mi violación en un apartamento calefaccionado en Roma
Recuerdo al estudiante de arquitectura, sobrevivió sin mí
pero me quedé con él
Recuerdo a mis amores, que me envolvían como un planetoide
Recuerdo el bar azur donde no debía servirle más de diez
espressos a un autor, aunque él no contara conmigo
Recuerdo el canto elevado con una niña entre los prados
tenía el pelo adusto como yo, conocíamos nuestro inicio

anda.

Recuerdo la noche crepitante en la que hicimos un hijo
Recuerdo que mañanas oscuras se atascaban con estrellas tercas
Recuerdo mis anhelos como una vid
Recuerdo a mi padre, debía morir pero tenía últimas palabras
Recuerdo que mi marido y yo amábamos al mar
Recuerdo las islas, que escarbábamos como perros
Recuerdo a mi hermana gemela, juntábamos nuestras lenguas
Recuerdo mi cabello largo desgastándose por los asientos en habitaciones
sillas tranvías trenes camas manos

vamos, recuérdame.

Recuerdo las caras botellas de vino que me compró mi marido, para él
el jamón con pata, hizo de mí un soldadito sin arrepentimiento
Recuerdo la llegada de mis libros, no fueron partos
siempre habían estado
Recuerdo a mi hijo, sus manos sus uñas romas, por qué lloro
Recuerdo mi temor nocturno, noches seguidas, no azul noche
sino naranja vivo
Recuerdo a mi madre, se casó en secreto
Recuerdo al poeta porque me hizo oír las dunas, a veces
imposible el cielo, nos enamoramos y enloquecimos uno a otro
Recuerdo la luz, plata pez plomo fina gris etérea verde

anda, hazlo.

Recuerdo la división de cuerpo, no de cuerpo y alma
Recuerdo al profesor de lengua, fui una muñeca en su cama
no su primavera en Fialta
Recuerdo al director de cine que me abraza en el papel y en la realidad
como nadie, porque en el papel me abraza como solo
un director de cine sabe hacerlo
Recuerdo el perfume Stendhal que no podía pagar y me caí al suelo
en el cuarto de baño tras lo cual me acosté desnuda en él
Recuerdo las casas donde viví, me arrebataron algo
y no me quieren de vuelta
Recuerdo el consuelo de Paustovski, que me habla cuando se acuesta
a mi lado pero a él no puedo consolarlo porque es polvo
Recuerdo mis poemas, nadie los entiende
Recuerdo fabulosamente

fabúlame.

Sasja Janssen.
(Publicado en De Poëziekrant, número 2, 2012)
© traducción española: Diego Puls 2013

sábado, 18 de febrero de 2012

Canto II - Vicente Huidobro


(Foto: Raimi Miller)

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos
Se hace más alto el cielo en tu presencia
La tierra se prolonga de rosa en rosa
Y el aire se prolonga de paloma en paloma

Al irte dejas una estrella en tu sitio
Dejas caer tus luces como el barco que pasa
Mientras te sigue mi canto embrujado
Como una serpiente fiel y melancólica
Y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro

¿Qué combate se libra en el espacio?
Esas lanzas de luz entre planetas
Reflejo de armaduras despiadadas
¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?
En dónde estás triste noctámbula
Dadora de infinito
Que pasea en el bosque de los sueños

Heme aquí perdido entre mares desiertos
Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche
Heme aquí en una torre de frío
Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos
Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera
Luminosa y desatada como los ríos de montaña
¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?
Te pregunto otra vez

El arco de tus cejas tendido para las armas de los ojos
Te hablan por mí las olas de pájaros sin cielo
Te habla por mí el color de los paisajes sin viento
Te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas
Dormido en tu memoria
Te habla por mí el arroyo descubierto
La hierba sobreviviente atada a la aventura
Aventura de luz y sangre de horizonte
Sin más abrigo que una flor que se apaga
Si hay un poco de viento

Las llanuras se pierden bajo tu gracia frágil
Se pierde el mundo bajo tu andar visible
Pues todo es artificio cuando tú te presentas
Con tu luz peligrosa
Inocente armonía sin fatiga ni olvido
Elemento de lágrima que rueda hacia adentro
Construido de miedo altivo y de silencio
Haces dudar al tiempo
Y al cielo con instintos de infinito
Lejos de ti todo es mortal
Lanzas la agonía por la tierra humillada de noches
Sólo lo que piensa en ti tiene sabor a eternidad

He aquí tu estrella que pasa
Con tu respiración de fatigas lejanas
Con tus gestos y tu modo de andar
Con el espacio magnetizado que te saluda
Que nos separa con leguas de noche

Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño

En vano tratarías de evadirte de mi voz
Y de saltar los muros de mis alabanzas
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
Que tiene un ritual sagrado en la garganta
Qué me importan los signos de la noche
Y la raíz y el eco funerario que tengan en mi pecho
Qué me importa el enigma luminoso
Los emblemas que alumbran el azar
Y esas islas que viajan por el caos sin destino a mis ojos
Qué me importa ese miedo de flor en el vacío
Qué me importa el nombre de la nada
El nombre del desierto infinito
O de la voluntad o del azar que representan
Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de oasis
O banderas de presagio y de muerte

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas
Con su propio lenguaje de semilla
Tu frente luminosa como un anillo de Dios
Más firme que todo en la flora del cielo
Sin torbellinos de universo que se encabrita
Como un caballo a causa de su sombra en el aire

Te pregunto otra vez
¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?

Tengo en voz tuya para toda defensa
Esa voz que sale de ti en latidos de corazón
Esa voz en que cae la eternidad
Y se rompe en pedazos de esferas fosforescentes
¿Qué sería la vida si no hubieras nacido?
Un cometa sin manto muriéndose de frío

Te hallé como una lágrima en un libro olvidado
Con tu nombre sensible desde antes en mi pecho
Tu nombre hecho del ruido de palomas que se vuelan
Traes en ti el recuerdo de otras vidas más altas
De un Dios encontrado en alguna parte
Y al fondo de ti misma recuerdas que eras tú
El pájaro de antaño en la clave del poeta

Sueño en un sueño sumergido
La cabellera que se ata hace el día
La cabellera al desatarse hace la noche
La vida se contempla en el olvido
Sólo viven tus ojos en el mundo
El único sistema planetario sin fatiga
Serena piel anclada en las alturas
Ajena a toda red y estratagema
En su fuerza de luz ensimismada
Detrás de ti la vida siente miedo
Porque eres la profundidad de toda cosa
El mundo deviene majestuoso cuando pasas
Se oyen caer lágrimas del cielo
Y borras en el alma adormecida
La amargura de ser vivo
Se hace liviano el orbe en las espaldas

Mi alegría es oír el ruido del viento en tus cabellos
(Reconozco ese ruido desde lejos)
Cuando las barcas zozobran y el río arrastra troncos de árbol
Eres una lámpara de carne en la tormenta
Con los cabellos a todo viento
Tus cabellos donde el sol va a buscar sus mejores sueños
Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del mundo

Como la mano de una princesa soñolienta
Con tus ojos que evocan un piano de olores
Una bebida de paroxismos
Una flor que está dejando de perfumar
Tus ojos hipnotizan la soledad
Como la rueda que sigue girando después de una catástrofe
Mi alegría es mirarte cuando escuchas
Ese rayo de luz que camina hacia el fondo del agua
Y te quedas suspensa largo rato
Tantas estrellas pasadas por el harnero del mar
Nada tiene entonces semejante emoción
Ni un mástil pidiendo viento
Ni un aeroplano ciego palpando el infinito
Ni la paloma demacrada dormida sobre un lamento
Ni el arco iris con las alas selladas
Más bello que la parábola de un verso
La parábola tendida en puente nocturno de alma a alma

Nacida en todos los sitios donde pongo los ojos
Con la cabeza levantada
Y todo el cabello al viento
Eres más hermosa que el relincho de un potro en la montaña
Que la sirena de un barco que deja escapar toda su alma
Que un faro en la neblina buscando a quien salvar
Eres más hermosa que la golondrina atravesada por el viento
Eres el ruido del mar en verano
Eres el ruido de una calle populosa llena de admiración

Mi gloria está en tus ojos
Vestida del lujo de tus ojos y de su brillo interno
Estoy sentado en el rincón más sensible de tu mirada
Bajo el silencio estético de inmóviles pestañas
Viene saliendo un augurio del fondo de tus ojos
Y un viento de océano ondula tus pupilas

Nada se compara a esa leyenda de semillas que deja tu presencia
A esa voz que busca un astro muerto que volver a la vida
Tu voz hace un imperio en el espacio
Y esa mano que se levanta en ti como si fuera a colgar soles en el aire
Y ese mirar que escribe mundos en el infinito
Y esa cabeza que se dobla para escuchar un murmullo en la eternidad
Y ese pie que es la fiesta de los caminos encadenados
Y esos párpados donde vienen a vararse las centellas del éter
Y ese beso que hincha la proa de tus labios
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida
Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho
Dormido a la sombra de tus senos

Si tú murieras
Las estrellas a pesar de su lámpara encendida
Perderían el camino
¿Qué sería del universo?
Bienvenido a la Embajada de Nadie. Este es un espacio para leer y publicar textos literarios de cualquier temática sin restricciones.
Es una Embajada de Nadie, porque hay inmunidad diplomática contra convencionalismos, moralismos, reglas tradicionales y críticas destructivas. Es un pequeño oasis, uno de tantos que aparecen y se secan después, dentro del cual es posible desarrollar ideas nuevas mientras exista.
Hay textos míos, de quienes han enviado sus cuentos y poemas y de algunos autores favoritos. Mi deseo es que si usted desea compartir los suyos, se sienta libre para expresar el resultado escrito de sus elucubraciones.

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