jueves, 20 de abril de 2017

"La muerte del padre", Karl Ove Knausgård




La primera vez que me recomendaron Mi lucha, la popular serie de Karl Ove Knausgård, no le presté mucha importancia, igual que cuando siempre me recomiendan una lectura. Un amigo de Noruega, del mismo pueblo del autor (Kristiansand), que incluso es mencionado en dos libros de la serie, me dijo que si quería introducirme en la literatura contemporánea de su país, debería empezar por Knausgård. Me hizo los mismos comentarios, ya tan mencionados en reseñas y entrevistas: El estilo proustiano, la advertencia de que no tenía nada que ver con Mein Kampf, del Herr Führer, las amistades rotas después de la publicación, la gran capacidad de introspección y de observación de su propia vida.
Sin embargo, lo que me desmotivó fue la idea de que se tratara de una autoficción. Tengo mis reservas con este género, de la misma forma en que las tengo con los actores naturales en el cine. No sólo porque siempre he creído en el trabajo creativo del escritor de ficción y admiro las obras que apuntan hacia fines artísticos claros, que buscan responder preguntas, que reaccionan a los síntomas de una época… y bueno, la autoficción no suele satisfacer este interés en mí. En Colombia, de hecho, por mucho tiempo ha sido el género predominante, y autores como Fernando Vallejo, Jorge Franco y Héctor Abad Faciolince se han encargado de inculcar en los lectores locales que lo que escriben son novelas, que así se escriben las novelas y que no vale la pena leer ficciones, porque pesan más las historias de la vida real.
No obstante, meses después me encontré con el primer tomo de la serie en una librería y decidí darle una oportunidad. La muerte del padre empieza con una tremenda reflexión sobre la muerte, seguida de escenas de la vida cotidiana, que se alejan por completo de la idea de trama compleja y sinuosa que uno esperaría en un bestseller. Lo sorprendente es que no fui capaz de parar, y no porque fuera una lectura diseñada para entretener a las mentes ociosas, como cualquier enlatado de Dan Brown, sino porque tejer un vínculo de empatía con el autor/personaje fue inevitable. Terminé subrayando párrafos enteros, y a veces los busco para leerlos. Me encanta cuando un autor o una obra te cambia la percepción –más bien, los prejuicios– que tienes sobre un género, y creo que este es el caso.
Concretamente, lo que me molesta de la autoficción es que no sólo parece indiferente ante el pacto autobiográfico que uno como lector acuerda implícitamente al leer una biografía –“voy a creer que todo lo que aquí se dice es verdad”–; sino que tampoco parece respetar el pacto ficcional que uno tiene al abrir una obra literaria  –“voy a zambullirme en el sueño de la ficción, y voy a hacer de cuenta de que esto es verdad”–. Creo que no respeta esas cosas porque hay una mezcla de realidad y ficción, en la que, precisamente, lo que se hace es cuestionar el concepto de “verdad”. Pero esta es la opinión de Santiago Hoyos. Sé que muchos leen esta literatura con mucho fervor, y lo entiendo.
Tengamos en cuenta que este género apareció en un momento en el que muchos autores creían que no tenían más para decir. Después de que en el siglo XIX se llegara al esplendor de la novela, que durante el modernismo se volcaran los mecanismos de la ficción patas arriba y durante el posmodernismo se buscaran todas las variables posibles para recibir la ficción por parte del lector, muchos escritores de la última parte del siglo XX creyeron que lo único que valía la pena escribir eran epopeyas de sus propias vidas. En algunos casos, como en Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, con fines de clara denuncia política. En el caso de Capote con A sangre fría, tal vez encontremos una búsqueda de nuevas posibilidades narrativas. Pero más allá de eso y del cuestionamiento a lo que es verdad o no, sólo encuentro exhibicionismo –y voyerismo, claro–.
A pesar de todo lo dicho, es innegable que la obra de Knausgård es más que unas simples memorias. Tengo entendido que esta novela, y en consecuencia, el resto de la serie, empezó como un ejercicio de taller literario para combatir el mal llamado “síndrome de página en blanco”. Eso, sumado a la muerte de su padre, lo impulsó a escribir un promedio de veinte páginas al día –si escribes, sabrás que eso es una barbaridad– para hacer catarsis y mantenerse en forma narrativamente. Empezó así, y lo más seguro es que los editores dudaran un poco antes de publicar una saga de seis voluminosos libros acerca de las cuitas, frustraciones y reflexiones de un tipo cualquiera acerca de su propia vida. En algunos puntos de la obra, al igual que en las novelas de Houellebecq, el texto alcanzaba la reflexibidad del ensayo y se alejaba del lenguaje de la ficción. Algunos lo criticarán. Para mí es interesante.
Pero fue un éxito en Noruega, en Escandinavia, en Europa, y, gracias a Anagrama, en Latinoamérica. Ha sido traducido a 22 idiomas, y lo leen. Lo leen muchísimo más que las autoficciones made in Colombia, que también han sido traducidas a varias lenguas, pero que nunca han despertado la fiebre Knausgård. ¿Será por el título provocador? ¿Será por la riqueza de los detalles, por esa prosa cuidada, por esas hondas reflexiones sobre la vida y la muerte?
No sé. Me gusta que esos misterios se queden ahí, porque me motivarán a empezar segundas lecturas. Sólo sé, como muchos afirman, que hay dos tipos de historias exitosas en la literatura: las historias complejas, contadas de forma sencilla; y las sencillas, contadas de forma compleja. Dejo un par de mis fragmentos favoritos:

Llevaba varios años intentando escribir sobre mi padre, aunque sin lograrlo, seguramente porque se encontraba demasiado cerca de mi vida, y por eso no se dejaba introducir de una forma distinta, lo que es en sí la condición de la literatura. Es su única ley; todo tiene que someterse a la forma […]. Los escritores con un estilo fuerte escriben a menudo libros flojos. También por esa razón los escritores con una temática fuerte escriben tan a menudo libros flojos. La fuerza de la temática y del estilo ha de ser abatida antes de que pueda surgir la literatura. Es esta desintegración lo que llamamos “escribir”. Escribir trata más de destruir que de crear. Nadie lo sabía mejor que Rimbaud.

***

Cuando la visión de conjunto del mundo se amplía, no sólo disminuye el dolor que causa, sino también el sentido. Entender el mundo equivale a colocarse a cierta distancia de él. Lo que es demasiado pequeño para verlo a simple vista, como las moléculas, lo ampliamos; lo que es demasiado grande, como el sistema de las nubes, los deltas de los ríos, las constelaciones, lo reducimos. Cuando lo tenemos al alcance de nuestros sentidos, lo fijamos. A lo fijado lo llamamos conocimiento. Durante toda nuestra infancia y juventud nos esforzamos por establecer la distancia correcta de cosas y fenómenos. Leemos, aprendemos, experimentamos, corregimos. Y un día llegamos a un mundo en el que se han fijado todas las distancias necesarias, y establecido todos los sistemas. Es entonces cuando el tiempo empieza a correr más deprisa. El tiempo ya no se encuentra con obstáculos, todo está fijado, el tiempo fluye a través de nuestras vidas, los días desaparecen a toda velocidad, antes de suspirar hemos llegado a los cuarenta años, a los cincuenta, a los sesenta… El sentido requiere plenitud, la plenitud requiere tiempo, el tiempo requiere resistencia. El conocimiento es igual a distancia, el conocimiento es estancamiento y enemigo del sentido.

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