jueves, 3 de noviembre de 2011

País de ratas



La gente no es buena con los demás.

La gente no es buena con los demás.

La gente no es buena con los demás.

Supongo que nunca lo serán.

No les pido que lo sean,

Pero a veces pienso en eso.


Bukowski, Ruptura


Aquí estoy, decente y juicioso en la sala de juntas. El pelo cuidadosamente despeinado para no aparentar los años que no tengo. Mi mejor loción. El saco, la camisa y la corbata que mejor me quedan. El reloj que me compré con el primer sueldo. El Ipad sobre la mesa, esperando a registrar los resultados de la reunión.

Soy el primero en llegar a la junta organizada por el gerente de la agencia. Han dicho que hablará sobre la licitación que nos ganamos, y que además dirá quién estará a cargo de toda la campaña. Es la oportunidad de mi vida, la confirmación de todo en lo que creo; la justificación de todo el empuje de mis padres, la razón por la cual no dormí anoche, ni desayuné esta mañana de lunes.

Uno a uno van llegando y los saludo triunfante con una alzada de ceja, asintiendo la cabeza como un político en un desfile. Algunos me devuelven el saludo, sonrientes, sabiendo lo mucho que me importa este nuevo proyecto. Le doy un sorbito al café de exportación que nos regalan en la empresa, y que perfuma la sala con aquel suave y verde aroma a excelencia y progreso. Se sientan a la gran mesa, vestidos y adornados con su irreverente elegancia. Sus rostros adormilados, esforzándose por despertar con optimismo, parecen decir: “amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo…”.

Entra Gabriel, nuestro gerente, tan cálido y radiante como siempre. Hoy su aire de presentador de noticiero se ha intensificado mucho más. Se sienta a la cabecera de la mesa, apaga su celular en presencia de todos, y nosotros apagamos los nuestros, haciéndole caso a su orden indirecta. Sonríe, nos examina en silencio a cada uno, y exclama con su tono de comercial de crema de dientes:

-Tengo buenas y mejores noticias.

Claro que sí, ya lo sabemos, ¡pero cómo nos gusta oírlas de su boca dentífrica!

-La primera es que hemos ganado la licitación del gobierno para hacer toda la publicidad de Colombia es corazón.

Todos aplaudimos felices, como cuando a uno le cuentan un chiste que siempre lo hace reír.

-Y para los que no están del todo enterados, esta campaña consiste en reivindicar la imagen de nuestro país a nivel nacional e internacional. Vamos a mostrar de qué estamos hechos, vamos a mostrar la belleza de Colombia, vamos a decirle al mundo que valemos la pena y no somos el estereotipo que se imaginan allá afuera…

Seguimos aplaudiendo.

-Y gracias al trabajo que surgirá de nuestra agencia, vamos a ayudar a fomentar la economía del país, la inversión extranjera, el turismo y demás proyectos a largo plazo. Tenemos un gran presupuesto, y vía libre para lo que se nos ocurra. Haremos una “marca país”, señores, y eso significa que tendremos mucho trabajo de aquí en adelante. Esto es histórico.

Los que están al lado mío me felicitan con apretones de mano y palmaditas en el hombro. Saben que yo fui uno de los gestores del proyecto, y que gracias a mi energía y mi trasnocho, nos ganamos la licitación ante el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

-La segunda noticia es aun mejor- dice Gabriel, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta cerrada.

Enciendo mi Ipad, y abro la agenda para los próximos meses. Escribiré ahora mismo una meta a la que daré el visto bueno en el futuro en una lista de sueños realizados.

-Les presento a quien será la directora creativa de Colombia es corazón: mi hija.

Abre la puerta y entra ella: Patricia, la hija única del gerente; Patricia, la niña mimada, la que se cree con derecho a todo, la que le importa un culo todo, la que estudió conmigo en la universidad y recién se gradúa de un pregrado en el que se demoró diez años estudiando. Patricia, la enana fea y mala clase que se cree una beldad. Patricia, la que nunca ha hecho nada por su vida. La maldita que se acaba de adueñar de mi anhelado puesto sólo porque es la hija del jefe…

-Ella trabajará desde hoy con nosotros- dice Gabriel -¿Otro aplauso?

Y aplauden, tan desconcertados como yo. Ella hace una sonrisita sarcástica, como agradecida con los aplausos, pero esperando al mismo tiempo a que dejen de hacer ese ruidito molesto. Siento como si se hubiera abierto una trampa bajo mis pies y me demorara una eternidad en caer hacia el vacío. Siento que me hubieran despertado del sonambulismo. Siento que me reiniciaran con un botoncito detrás de mi cabeza.

-¿Algunas palabras, hija?

Ella pela los dientes, buscando las palabras de su discurso postizo. No la dejo empezar. Agarro mi Ipad de la mesa, lo levanto por los aires y lo hago pedazos contra el bonito suelo de maderas blancas.

No lo puedo creer.

***

Abro la puerta sin tocar. Sorprendo a Gabriel de espaldas e inclinado sobre una mesa. Se voltea indignado, y con un gesto me dice que cierre la puerta de su oficina.

-No te conocía esos vicios…- le digo, señalando el polvito blanco que envuelve rápido en un papel.

-Estamos celebrando, Nicolás. A veces no hay que privarnos de ningún placer.

Lo dice con ese tono de comercial de cigarrillos, de helados, de whisky escocés.

-¿Venís a disculparte por tu grosería?- pregunta.

-Gabriel, no entiendo. Pensé que éramos amigos, pensé que te conocía. Pensé que entendías lo importante que era este proyecto para mí a nivel profesional y personal. Pensé que trabajaba con gente seria, pensé…

-Por Dios; lo que menos necesito en este momento es tu cantaleta.

-Pero explicame.

-¿Qué te explico?

-¡Nos ganamos esa licitación en gran parte por mí! ¡Yo gestioné todo el proyecto! Necesito el reconocimiento, la recompensa a todo ese trabajo... ¡Me maté haciéndolo, Gabriel!

-Y nadie te quita el mérito, Nicolás. Yo también creo en el país, me encanta la gente como vos, y pienso que es verdad lo que decís: que haciendo las cosas bien se puede llegar muy lejos… pero entendé que la teoría y la práctica son muy distintas, hombre…

-Vos no podés negar que he sido el mejor creativo de esta agencia, y que me estás pagando muy mal todo el trabajo que hice para que esto fuera posible. Gabriel, ¿quién sos vos…?

-Ay, Nicolás… aterrizá. Vos tuviste la iniciativa del proyecto, ¿pero quién creés que lo concretó realmente? Es necesario tener ideas, sí… pero también saber qué palancas hay que mover. ¿Y quién hizo eso? ¿Quién tiene los contactos aquí? ¿Quién lo negoció? No me juzgués tan duro, porque aquí ni vos, ni nadie, estarían donde están si yo no hubiera hecho tantas cosas.

Gabriel saca el papelito de su bolsillo, riega el polvo blanco sobre el vidrio del escritorio y prepara tres líneas largas, abultaditas como cordilleras.

-Nico- me dice, ofreciéndome una con la mano –a veces hay que saber perder, y perder con clase. No quiero que te sintás traicionado. Mirá: si me firmás una carta de renuncia, yo mismo te doy parte de los fondos de la campaña para indemnizarte como debe ser. Tenés mi palabra.

Yo le soplo las líneas de polvo a la cara.

-País de ratas- gruño, y cierro la puerta al salir.

***

Apago el televisor y salgo de mi habitación. No me aguanto el noticiero. Las motas de polvo se arremolinan en los rincones. Forman cuerpos lanosos, grises, como domingos por la tarde. Me abro paso entre los libros y las pilas de ropa sucia regadas por el suelo. Recojo un par de prendas tiradas con rabia y me visto. Papeles, papeles, papeles por todas partes. Cartones, paquetes vacíos que ya no caben en la basura. Una colilla de cigarrillo que dejó una marca en la colcha de la cama. Abro las ventanas para mitigar el calor y ese tufo a pedo, a pelo sucio, a mal aliento que lo apesta todo. Tengo que arreglar los cajones de la cocina. Tengo que arreglar la manija de la puerta. Tengo que arreglar la ducha. Tengo que… Miro el celular: tres llamadas perdidas de mi mamá, y una de la chica que estaba saliendo conmigo. Después las llamo… Voy por lo que tengo que resolver de inmediato: una carta de la administración del edificio que me han dejado por debajo de la puerta. El tipo de incentivo para levantarme y empezar de nuevo. Comienzo por arreglar el arroz con mango en el que está mi apartamento, y sigo arreglándome a mí. Me baño, me afeito, me corto las uñas, me tomo un café. Un par de palmaditas en la cara y adelante, Nicolás. Bajo al patio del edificio.

-Doña Claudia, ¿cómo está?- la saludo. Está supervisando a la señora del aseo, quien está arrodillada, destapando una cañería con la mano.

-Recibí su carta y me gustaría hablar con usted- le digo, con ese tono aprendido de mis padres cuando me obligaban a pedir perdón.

-Adelante- me dice, cruzándose de brazos, con la tosca tranquilidad de quienes viven de cobrar dinero.

-En este momento no puedo pagar todo lo que debo, y por eso quiero proponerle algo.

-A ver.

-Desde que vivo aquí, he visto que han tenido problemas para vender el resto de apartamentos… y yo creo que puedo ayudarles con una buena publicidad, con un plan de mercadeo bien hecho… quiero pagarle con lo mejor que tengo: con mi trabajo, con lo que me apasiona…

-Berta, ¿sí la pudo destapar?- le dice a la empleada, quien rebusca con el brazo en el desagüe bloqueado.

-No señora, hay algo que no me deja, espere a ver…

-¿Entonces qué dice?- pregunto. Ella voltea, como recordando que hablaba conmigo.

-Nicolás. Le agradezco por su buena voluntad, pero en este momento lo que necesito es plata. Y necesito que me pague rápido. Berta, apúrese con eso.

-Doña Claudia, déjeme explicarle algo.

-A ver.

-Yo le propongo esto, porque así ganamos todos. Yo sé que puedo ayudarle a vender el resto de apartamentos, y yo voy a tener una oportunidad para volver a arrancar. Se lo aseguro: soy el mejor en lo que hago.

-Nicolás, déjeme explicarle algo a usted…

-Es mi pasión, Doña Claudia, usted no me entiende. Tengo que ocuparme en algo así, incluso mi psiquiatra dice que es bueno que yo haga…

-Plata, Nicolás, plata. No le estoy pidiendo otra cosa. Buenos días.

Maldita sea. Una oportunidad, ¡sólo pido una oportunidad! Quiero salir adelante, triunfar como los demás, ser el mejor en lo que hago, creer que hay esperanzas en mí, en mi país, en el mundo que se puede cambiar con buenas ideas, perseverancia y pasión… ¡Una maldita oportunidad es lo que pido!

La empleada grita y salta como una loca. La administradora se asusta y miramos lo que pasa: una rata enorme y sucia sale corriendo del túnel angosto y se escabulle por todo el patio. Dan alaridos de fobia. Doña Claudia corre hacia un rincón del patio y llora. “¡Cójala, haga algo, Nicolás!”, me ruega, me implora. La empleada escapa corriendo del patio, cerrando la puerta de vidrio. La rata, sin saber qué hacer, corre despavorida buscando inútilmente un refugio oscuro en el espacio desierto. “¡¿En qué está pensando?!”, me grita. En ideas, ideas que corren por mis neuronas como tormentas tropicales. Ideas que van ganando cuerpo y me hacen sentir mejor. Sí… Amo estos momentos epifánicos, cuando las emociones y los pensamientos confluyen...

Tapo el desagüe con el pie. La rata corre hacia ella y Doña Claudia berrea de indecible pánico. Yo camino sonriente, y me le voy encima a ese animal. Corro tras la asquerosa bestia y la atrapo en mis manos. Le agarro la cabeza por la nuca para que no me muerda. Está sucia, hiede a porquería. Sus ojitos negros estallan de furia, busca arañarme desesperada. Camino hacia la administradora, quien se ha hecho pipí en el pantalón.

-¿En qué íbamos?- le digo, ofreciéndole la rata que chilla iracunda.

-Después hablamos, después hablamos…- llora –sáquela de aquí, se lo suplico… haré lo que me pida, ¡pero váyase de aquí!

***

“Ya basta, Nicolás”, me grito, después de una acalorada discusión conmigo mismo. “Es ahora o nunca, y no vamos a perder la oportunidad”. “¿Pero es en serio lo que vas a hacer?”, “Que sí, hombre, no me jodás”. Me fumo un cigarrillo despacio para calmar las manos que me tiemblan. Reviso que todo esté en su sitio. OK. Miro alrededor: gente esperando el bus, como yo. “Hasta dónde has llegado, Nicolás… ¿Qué pensará tu madre, la chica que te gusta, tus viejos colegas?”. Me callo con una bofetada. No quiero sucumbir a los deseos de hundirme en la mediocridad y en la falta de acción. No quiero caer en la trampa de pensar en qué pasaría si regreso a mi vida normal y me dejo llevar por sus cómodos e insatisfactorios cauces. Ya basta, Nicolás, ya basta. Sin remordimientos. No hay que pensar demasiado.

Un Circular Sur voltea hacia la orilla de la calle y se detiene en el paradero con un resoplido de gas. Abre la puerta. Se suben unos, se bajan otros. Me subo, tiro la colilla humeante hacia la acera, pago las monedas del pasaje en las manos indiferentes del conductor. Me paro en medio del pasillo. Me miran. Soy un sujeto que se para frente a ellos, los segundos suficientes para deducir que les va a decir o a vender algo. El pelo cuidadosamente despeinado, su mejor loción, un reloj que lo hace ver muy importante, el saco y la corbata que mejor le quedan. Sonríe, como en un comercial de seguros de vida.

-Señoras y señores- les dice -no vengo a ofrecerles nada, ni a traficar con su lástima… Esto es simple:

Abre el cierre de un bolso en su cintura, saca un par de inmundas ratas que apunta hacia ellos y amenaza, como en las películas:

-Me dan sus malditas pertenencias, o les restriego las ratas en la cara. Ustedes deciden.

Todos se quedan estupefactos. Sé que no acaban de entender lo que sucede.

-¡Es en serio! ¡Sus pertenencias, o las ratas!- grito.

-¿Nos estás tomando el pelo?- musita un imbécil. Aprieto las ratas para que chillen y muevan esas paticas horribles que tienen. Me le voy encima y le restriego la rata en la cara, se tira para atrás, la gente grita y se intenta bajar. Unos se esconden en las sillas, otros se quedan quietos. Un par de viejos saca sus billeteras y me las ofrecen asustados.

-¡A la bolsa, carajo! ¡Sus malditas pertenencias a la bolsa!

Paso por los puestos recogiendo joyas, celulares y billetes. Igual que Doña Claudia, una señora se arrodilla y me pide que me vaya, que me da todo, que por favor... Miserables ratas, país de ratas.

-¡Todo a la bolsa, maldita!- le ordeno.

Pero cuando se le baja un poco la estupefacción, el conductor del bus se pone de pie y agarra un machete. Es el único estúpido que entiende cómo son las cosas; pero yo agarro una rata se la tiro a la cara. Las paticas y la cola revolotean por su cabeza estúpida. El asco se apodera de él, y se lanza de espaldas contra la pequeña multitud acobardada. Corro hasta la cabina, agarro la cajita donde guarda las monedas y la vacío en el bolso. La rata quiere salir conmigo del bus. Tiene más miedo que ellos. La agarro con la mano y se las lanzo a todos otra vez. Gritan. Saltan. Sufren.

***

Me río de lo increíble que puede hacer un par de animalitos, de la fuerza producida por el instinto de conservación. Todavía siento la adrenalina en mi cuerpo, pero ya tengo tiempo y espacio para pensar en lo que pasó. Doblo una esquina y dejo de correr. Me asomo por un lado del muro: nadie me persigue. Abro el bolso. Una rata revolcándose en un tesoro de monedas, billetes, joyas y celulares. Lo cierro. Me río, me burlo con rabia de lo que he tenido que sufrir y de lo que la gente de ese bus sufrió para llenarme el bolso. Respiro despacio, sosegándome con la idea de que todo me importa un culo.

“Esto es un ejemplo de lo que puedo hacer”, pienso, “podría entrar a los sitios menos esperados y seguir robando: un restaurante de sushi, un salón de belleza, un ascensor, un baño público. Nadie se resiste a ellas. Alguna vez leí que el temor a las ratas y a las cucarachas viene escrito en nuestra genética, como una alerta contra las bacterias e infecciones”. ¡Ja! Me aprovecho de eso. Qué triste, pero qué cierto: de este país sólo sale una pizca de hombres notables, una gran caterva de mediocres que se conforman con pírricos logros y genios del crimen en cantidades de exportación.

Sigo caminando. No conté con que el bus me dejaría en uno de los peores antros de la ciudad: un cementerio industrial plagado de indigentes. Planeé de todo, menos sobre el lugar dónde bajarme. No importa. Es de noche, pero no importa. Después de mi éxito me siento invencible. Camino erguido y arrogante en medio de una calle. A lado y lado se aglomeran pequeños tumultos de vagos, se sientan en torno a fuegos alimentados por plástico y caucho. El fuerte aroma del bazuco serpentea por los postes, por las paredes roídas, por las alcantarillas abiertas. Siento la confrontación de sus miradas. Sé que notan el sonido metálico de las monedas cascabeleando en el bolso de mi cintura. Huelo su codicia y su respeto por ese que hombre de apariencia decente y juiciosa, que quién sabe quién es. Paso por entre la horda silenciosa, intimidando con mi falta de intimidación.

Doblo la siguiente esquina. Algo roba mi atención a la distancia. Me acerco. Es un cartel, en un paradero de bus. Está iluminado, bien diseñado, de un estilo que conozco. Colombia es corazón, dice, y al lado del logo, la niña Patricia con sombrero vueltiao, poncho, carriel; sobre una mula cargada de café… una perfecta indigestión de excesos. Sonríe como en un comercial de perfumes. Cree que es divina, la muchachita. El riesgo es que te quieras enamorar, concluye el eslogan en la parte inferior. Basura. La más sincera y cínica basura. Jamás hubiera permitido que publicaran algo así.

-Hey, vos- dice alguien a mi espalda. Doy la vuelta y lo veo: un vagabundo que me persiguió desde la ratonera.

-Dame lo que tengás en ese bolso- me ordena. Es el esperpento más feo que he visto en mi existencia. Descalzo, sin camisa, barbado, greñudo; con señales recientes de la violencia en las calles. La mirada maliciosa y fijamente perdida en mí, con expresión de absoluta seriedad en lo que hace. Pasan los segundos suficientes para entender la situación.

Yo abro el cierre y busco la rata con la mano.

-¿O qué?- lo desafío.

Levanta la mano como para lanzarme algo, y me muestra lo que sostiene entre sus dedos: aparentemente es un puñado de su propia mierda. País de ratas. Aquí no nace Tesla, ni Mozart, ni Shakespeare, ni Kubrick, ni Goethe, ni Da Vinci. Lo que hay son genios del crimen, sí señor. Mi animal es feo, pero es limpio y manso como yo; pero este sujeto me quiere lanzar algo con lo que es mejor no lidiar. De una esquina salen otros indigentes, observándonos desde la penumbra con una mezcla de curiosidad y oportunismo. Maldita sea, ¿qué hago? Debería regresar a donde estaba, imprimir hojas de vida y meterme en el trabajo de buscar trabajo; debería ir a entrevistas y convencerlos de lo bueno que soy, de todo lo que creo en el país… debería pedir cartas de recomendación, decir que soy hijo de mis padres, sobrino de mis tíos, amigo de mis amigos, que estudié por aquí y terminé un posgrado por allá; mover las palancas que sé dónde están. Puedo hacer cosas grandes, como dice Gabriel, poner a prueba mi talento y verraquera. ¿Para qué arriesgarme por logros tan vanos, cuando puedo pararme de nuevo sobre mis valores inculcados y mis ideales construidos con tanto amor…?

Pero qué va. No me vencerá la competencia. Esta idea es mía, esta gloria es mía, y ni siquiera me la va a poder quitar un temerario indigente que me amenaza con un puñado de su propia mierda. Saco la rata y la empuño por la cola. Cierro el bolso, me lo desabrocho de la cintura, lo agarro por las correas como un arma del Medioevo.

Y me le voy encima a ese animal.

Josef Karolys, 2011.

1 comentario:

  1. Excelente, jaja, excelente. Muy bien escrito y expresado, buen guión, una historia muy creativa, y una gran moraleja, excelente, un saludo,

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