jueves, 27 de abril de 2017

¿Para qué la literatura?




Cuando hablamos de literatura, afirmar que pocos leen y pocos escriben en Colombia es una triste obviedad. Sin embargo, preguntarse acerca de para qué leen los que leen y para qué escriben los que escriben es una cuestión que va más allá de preguntarse por las causas que explican los bajos índices de lectura y los pocos libros publicados: cuestionar el sentido de leer y escribir podría ofrecer claves para mejorar la experiencia de consumir ficciones y producirlas; y, quién sabe, también aumentar los números.
          Al considerar las estadísticas del DANE y del método estadístico como tal para determinar los niveles de lectura en un país, guardo mis reservas. ¿Cómo se adquieren esos datos? ¿Encuestan a la gente en las librerías al azar? Y en ese caso, ¿a quiénes? ¿Intervienen tabletas? ¿Espían a los lectores mientras pasan las páginas antes de dormir? Sin importar cómo lo hacen, cada año arrojan resultados concluyentes: una estadística de consumo cultural del 2014 –la del 2015 aún no está disponible–, afirma que un poco más de la población colombiana (51,6%) dijo no haber leído durante ese período, que la cantidad de libros leídos por parte de quienes sí lo hicieron osciló entre uno y cinco (sin especificar la materia, el número de páginas o sus objetivos al leerlos) y que el promedio por persona fue de 4,2.
        Comprendo la dificultad de emprender una tarea semejante, pero me mantengo escéptico en cuanto a tales cifras. En efecto, conozco gente que no lee ni un libro al año –diríase que por convicción–, así como a quienes leen dos a fuerza de lidia, pero también conozco a quienes pasan de cien, y que leerían más si no tuvieran que dormir, salir de sus casas y vivir como gente normal. No obstante, partamos de que no estoy al tanto de la forma en que llegan a esas conclusiones, pensemos que la estadística del DANE es acertada, y, que en esa medida, los colombianos leemos cuatro-libros-punto-dos. ¿Qué hacemos con eso? Ahondar en el por qué detrás de esos números traerá a colación las excusas de siempre: los libros están muy caros (así los compren, pero ni siquiera les abran el empaque termosellado… o, mucho peor: que ni siquiera los busquen en las bibliotecas), la gente no tiene tiempo, y el poco que tienen prefieren destinarlo a actividades más interesantes como ir al gimnasio, salir de rumba o ver televisión. Entonces los escritores seguirán quejándose de que estamos en una crisis del libro, que la literatura es una quijotada absurda, que todo está perdido porque nadie va a sus lanzamientos. Para no patinar en ese círculo vicioso, yo comenzaría por preguntarme, ese supuesto 48,4% de gente que lee, ¿para qué lee?
 Dejemos a un lado a quienes tienen que hacerlo por exigencias académicas: el libro que hay que leer para el examen de esa materia absurda del pensum de pregrado, o ese que hay que leerse entero para una sola referencia de la tesis. Tampoco hablemos de los lectores que fingen erudición para tener de qué hablar en sus talleres literarios. Mi pregunta va para los que abren un libro en un congestionado vagón del metro, en una fila de banco en día de quincena o a escondidas en la oficina, porque de verdad lo disfrutan. Si uno fuera de esos que no le encuentran sentido a lo que hace esa especie de cofradía –a veces arrogante, y en vías de extinción–, me preguntaría, con curiosidad científica: ¿qué encuentran ahí? Un lector dirá que se entretiene, y que esa es tal vez la principal razón. Pero eso que hace que vaya y lea va más allá del mero entretenimiento. Hay quienes pasan un buen rato poniéndose al día con la temporada en curso de Walking Dead, y que no perdonan su dosis de literatura diaria. Puede que tengan una búsqueda personal, y atinen con una oportunidad de encuentro; una pauta para guiarse en el caos de la vida, o la forma de interpretar lo vivido. Quizás una forma de construir la identidad. Puede que estén descontentos con la realidad que los rodea, o la que cargan a todas partes y buscan zambullirse en otra. Es un asunto individual, y cada quien tiene sus razones, pero siempre es una necesidad, a veces tan fuerte como para leerse una saga de largos volúmenes en PDF, frente a el incómodo brillo del monitor, o sin preocuparse por un desprendimiento de córnea por leer en el bus en hora pico, o arriesgar la vida como los personajes curiosos de Farenheit 451, 1984 o de los países totalitarios del mundo actual. ¿En qué consiste ese fruto del árbol del bien y el mal, que podría convertir en lector a alguien sin inquietudes conscientes, sin preguntas sin resolver… muy ocupado en pasar al siguiente nivel en Candy Crush? ¿Esa necesidad podría contagiarse? ¿Podría transmitirse? ¿Esa experiencia podría despertarse en alguien?
Yo me inclino a creerlo, pero estoy absolutamente convencido de que no es un asunto exclusivo de los profesores de literatura, de los departamentos de mercadeo de las editoriales o de los promotores de lectura en las bibliotecas públicas. La tarea debería recaer sobre todo en los escritores, en los creadores de contenido. Esa sed de ficciones para tejer la realidad, tan primitiva y humana, que empezó como un ritual en torno al fuego después de cazar, sembrar o recolectar en las sociedades de antaño, debería ser propiciada y satisfecha por esos sujetos. Si hay buenos libros, habrá buenos lectores; y si hay buenos lectores, los escritores tendrán más incentivos para darle continuidad al ciclo. Es un asunto de –sana– oferta y demanda.


Ahora, aquí en Colombia se escribe, sin duda; pero las estadísticas también despiertan cuestionamientos: los libros que se escriben se cuantifican por su publicación y registro ante la Cámara Colombiana del Libro, y no toda la literatura que se escribe puede identificarse a partir de un código ISBN: puede colgarse en un blog, autopublicarse, o guardarse bajo llave y después de muchos años ver la luz del público… o del fuego. Pero se escribe. Durante el 2014 –tampoco está disponible la información del año pasado– se registraron 16.030 títulos, y de ellos, 1334 de literatura (infantil, juvenil y para adultos).
Pero mi pregunta a los que escribieron esos 1334 libros no es por qué escriben, pues recibiría las mismas respuestas de cajón, repetidas hasta el tedio, que dan los autores en las entrevistas, con tono postizo: “para que me quieran”, “es el centro de mi vida”, “es mi grato vicio solitario”, “hay cosas que sólo se entienden cuando se escriben”, “para ser”, “porque quiero ser/decir lo que no soy/digo”, “para no volverme loco”, “sólo sirvo para esto”… Mi pregunta es para qué, y pregunto por el sentido de llenar bibliotecas hasta hacerlas bostezar. Como decía Fontanarrosa en Puto el que lee esto, tal vez la respuesta tenga que ver más con la persecución de otros fines:

Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías[1]. 
           
            El problema aparece entonces cuando la falta de sentido se refleja en las ficciones de los mismos escritores de siempre, que acaparan todo el estante de novedades en la librería; y los lectores –de siempre– les compran sus libros porque ellos, y siempre ellos, fueron reseñados en Arcadia, El Malpensante, Semana o Generación, porque tal autor fue invitado al Hay Festival de este año, “y hay que leerlo para estar al día”. Porque es lo que hay, y nos acostumbramos a eso. ¿Qué encuentra en esos libros, que otros le venden como auténtica literatura, el lector joven que quiere dejar quieto a Harry Potter, a Stieg Larsson, que ya se consumió la saga de Canción de fuego y hielo? O, peor aún, ¿qué encuentra ahí el que definitivamente no lee? Pues la importantísima historia de la familia del autor, la historia del ilustre padre fallecido, o la de por qué odio a mi mamá por haberme traído al mundo, y más narraciones por el estilo, en fino lenguaje literario, que, años después, terminarán en las listas de lectura obligatoria en los colegios, y que los estudiantes perezosos no leerán, porque buscarán los resúmenes en Wikipedia, Taringa! o El rincón del vago (o sus equivalentes futuros)… y, ansiosos por terminar de leer esas malas sinopsis, correrán a ver el capítulo nuevo de la serie de turno (o lo que sea que les dé por hacer en el futuro).
            Un autor que no ahonda en el sentido de la ficción, que insiste en escribir “novelas” basadas en la vida real, que mira a la escritura creativa por encima del hombro, preocupado únicamente por llegar él solo a sus placeres narrativos, es difícil que escriba con el propósito sincero del contador de historias; de ese que enciende una mecha en nosotros y nos manda a buscar, a encontrarle siete patas al gato, cuyo libro descansa en la repisa de favoritos, subrayado y sin polvo, porque se ha vuelto un signo de admiración en nuestras vidas.
Los escritores no han comprendido que si tienen un público cultivado, atento, crítico, mejoran como una orquesta que está en presencia de gente que sabe echar buen paso. Pero el placer que sentirá ese público se cultiva, y por ahí se empieza, y cuando sucede, uno sigue con el mismo par de zapatos rotos, no ha comprado ropa en años, ha dejado de ir al dentista, pero a cambio ha construido una maravillosa biblioteca. Eso es magia, uno pide eso.
¿Para qué escribir? Esa es una pregunta que se debería hacer cada escritor, y en diferentes momentos de su vida. Nunca debe darla por respondida. Y en medio de esa búsqueda, despertarle al lector otra, acerca de por qué se moja bajo la lluvia pues se gastó la plata del taxi por comprar un libro. En una época como esta, de distracciones por donde uno pase los ojos, todas para evitar el contacto con uno mismo, de cerebros lavados en masa, en la que manifestar abiertamente lo que se piensa es la mejor receta para ganar enemigos y problemas, leer y escribir son auténticos actos de resistencia. Adquirir la iniciativa para hacerlo sólo se logra cuando se le encuentra un verdadero sentido; y, por supuesto, cuando han estimulado en uno esa búsqueda, porque esas experiencias se incentivan.

Santiago Hoyos, 2016




[1] Fontanarrosa, Roberto. Usted no me lo va a creer. Ediciones De la Flor. Buenos Aires, 2003.
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