jueves 3 de noviembre de 2011

País de ratas



La gente no es buena con los demás.

La gente no es buena con los demás.

La gente no es buena con los demás.

Supongo que nunca lo serán.

No les pido que lo sean,

Pero a veces pienso en eso.


Bukowski, Ruptura


Aquí estoy, decente y juicioso en la sala de juntas. El pelo cuidadosamente despeinado para no aparentar los años que no tengo. Mi mejor loción. El saco, la camisa y la corbata que mejor me quedan. El reloj que me compré con el primer sueldo. El Ipad sobre la mesa, esperando a registrar los resultados de la reunión.

Soy el primero en llegar a la junta organizada por el gerente de la agencia. Han dicho que hablará sobre la licitación que nos ganamos, y que además dirá quién estará a cargo de toda la campaña. Es la oportunidad de mi vida, la confirmación de todo en lo que creo; la justificación de todo el empuje de mis padres, la razón por la cual no dormí anoche, ni desayuné esta mañana de lunes.

Uno a uno van llegando y los saludo triunfante con una alzada de ceja, asintiendo la cabeza como un político en un desfile. Algunos me devuelven el saludo, sonrientes, sabiendo lo mucho que me importa este nuevo proyecto. Le doy un sorbito al café de exportación que nos regalan en la empresa, y que perfuma la sala con aquel suave y verde aroma a excelencia y progreso. Se sientan a la gran mesa, vestidos y adornados con su irreverente elegancia. Sus rostros adormilados, esforzándose por despertar con optimismo, parecen decir: “amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo…”.

Entra Gabriel, nuestro gerente, tan cálido y radiante como siempre. Hoy su aire de presentador de noticiero se ha intensificado mucho más. Se sienta a la cabecera de la mesa, apaga su celular en presencia de todos, y nosotros apagamos los nuestros, haciéndole caso a su orden indirecta. Sonríe, nos examina en silencio a cada uno, y exclama con su tono de comercial de crema de dientes:

-Tengo buenas y mejores noticias.

Claro que sí, ya lo sabemos, ¡pero cómo nos gusta oírlas de su boca dentífrica!

-La primera es que hemos ganado la licitación del gobierno para hacer toda la publicidad de Colombia es corazón.

Todos aplaudimos felices, como cuando a uno le cuentan un chiste que siempre lo hace reír.

-Y para los que no están del todo enterados, esta campaña consiste en reivindicar la imagen de nuestro país a nivel nacional e internacional. Vamos a mostrar de qué estamos hechos, vamos a mostrar la belleza de Colombia, vamos a decirle al mundo que valemos la pena y no somos el estereotipo que se imaginan allá afuera…

Seguimos aplaudiendo.

-Y gracias al trabajo que surgirá de nuestra agencia, vamos a ayudar a fomentar la economía del país, la inversión extranjera, el turismo y demás proyectos a largo plazo. Tenemos un gran presupuesto, y vía libre para lo que se nos ocurra. Haremos una “marca país”, señores, y eso significa que tendremos mucho trabajo de aquí en adelante. Esto es histórico.

Los que están al lado mío me felicitan con apretones de mano y palmaditas en el hombro. Saben que yo fui uno de los gestores del proyecto, y que gracias a mi energía y mi trasnocho, nos ganamos la licitación ante el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

-La segunda noticia es aun mejor- dice Gabriel, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta cerrada.

Enciendo mi Ipad, y abro la agenda para los próximos meses. Escribiré ahora mismo una meta a la que daré el visto bueno en el futuro en una lista de sueños realizados.

-Les presento a quien será la directora creativa de Colombia es corazón: mi hija.

Abre la puerta y entra ella: Patricia, la hija única del gerente; Patricia, la niña mimada, la que se cree con derecho a todo, la que le importa un culo todo, la que estudió conmigo en la universidad y recién se gradúa de un pregrado en el que se demoró diez años estudiando. Patricia, la enana fea y mala clase que se cree una beldad. Patricia, la que nunca ha hecho nada por su vida. La maldita que se acaba de adueñar de mi anhelado puesto sólo porque es la hija del jefe…

-Ella trabajará desde hoy con nosotros- dice Gabriel -¿Otro aplauso?

Y aplauden, tan desconcertados como yo. Ella hace una sonrisita sarcástica, como agradecida con los aplausos, pero esperando al mismo tiempo a que dejen de hacer ese ruidito molesto. Siento como si se hubiera abierto una trampa bajo mis pies y me demorara una eternidad en caer hacia el vacío. Siento que me hubieran despertado del sonambulismo. Siento que me reiniciaran con un botoncito detrás de mi cabeza.

-¿Algunas palabras, hija?

Ella pela los dientes, buscando las palabras de su discurso postizo. No la dejo empezar. Agarro mi Ipad de la mesa, lo levanto por los aires y lo hago pedazos contra el bonito suelo de maderas blancas.

No lo puedo creer.

***

Abro la puerta sin tocar. Sorprendo a Gabriel de espaldas e inclinado sobre una mesa. Se voltea indignado, y con un gesto me dice que cierre la puerta de su oficina.

-No te conocía esos vicios…- le digo, señalando el polvito blanco que envuelve rápido en un papel.

-Estamos celebrando, Nicolás. A veces no hay que privarnos de ningún placer.

Lo dice con ese tono de comercial de cigarrillos, de helados, de whisky escocés.

-¿Venís a disculparte por tu grosería?- pregunta.

-Gabriel, no entiendo. Pensé que éramos amigos, pensé que te conocía. Pensé que entendías lo importante que era este proyecto para mí a nivel profesional y personal. Pensé que trabajaba con gente seria, pensé…

-Por Dios; lo que menos necesito en este momento es tu cantaleta.

-Pero explicame.

-¿Qué te explico?

-¡Nos ganamos esa licitación en gran parte por mí! ¡Yo gestioné todo el proyecto! Necesito el reconocimiento, la recompensa a todo ese trabajo... ¡Me maté haciéndolo, Gabriel!

-Y nadie te quita el mérito, Nicolás. Yo también creo en el país, me encanta la gente como vos, y pienso que es verdad lo que decís: que haciendo las cosas bien se puede llegar muy lejos… pero entendé que la teoría y la práctica son muy distintas, hombre…

-Vos no podés negar que he sido el mejor creativo de esta agencia, y que me estás pagando muy mal todo el trabajo que hice para que esto fuera posible. Gabriel, ¿quién sos vos…?

-Ay, Nicolás… aterrizá. Vos tuviste la iniciativa del proyecto, ¿pero quién creés que lo concretó realmente? Es necesario tener ideas, sí… pero también saber qué palancas hay que mover. ¿Y quién hizo eso? ¿Quién tiene los contactos aquí? ¿Quién lo negoció? No me juzgués tan duro, porque aquí ni vos, ni nadie, estarían donde están si yo no hubiera hecho tantas cosas.

Gabriel saca el papelito de su bolsillo, riega el polvo blanco sobre el vidrio del escritorio y prepara tres líneas largas, abultaditas como cordilleras.

-Nico- me dice, ofreciéndome una con la mano –a veces hay que saber perder, y perder con clase. No quiero que te sintás traicionado. Mirá: si me firmás una carta de renuncia, yo mismo te doy parte de los fondos de la campaña para indemnizarte como debe ser. Tenés mi palabra.

Yo le soplo las líneas de polvo a la cara.

-País de ratas- gruño, y cierro la puerta al salir.

***

Apago el televisor y salgo de mi habitación. No me aguanto el noticiero. Las motas de polvo se arremolinan en los rincones. Forman cuerpos lanosos, grises, como domingos por la tarde. Me abro paso entre los libros y las pilas de ropa sucia regadas por el suelo. Recojo un par de prendas tiradas con rabia y me visto. Papeles, papeles, papeles por todas partes. Cartones, paquetes vacíos que ya no caben en la basura. Una colilla de cigarrillo que dejó una marca en la colcha de la cama. Abro las ventanas para mitigar el calor y ese tufo a pedo, a pelo sucio, a mal aliento que lo apesta todo. Tengo que arreglar los cajones de la cocina. Tengo que arreglar la manija de la puerta. Tengo que arreglar la ducha. Tengo que… Miro el celular: tres llamadas perdidas de mi mamá, y una de la chica que estaba saliendo conmigo. Después las llamo… Voy por lo que tengo que resolver de inmediato: una carta de la administración del edificio que me han dejado por debajo de la puerta. El tipo de incentivo para levantarme y empezar de nuevo. Comienzo por arreglar el arroz con mango en el que está mi apartamento, y sigo arreglándome a mí. Me baño, me afeito, me corto las uñas, me tomo un café. Un par de palmaditas en la cara y adelante, Nicolás. Bajo al patio del edificio.

-Doña Claudia, ¿cómo está?- la saludo. Está supervisando a la señora del aseo, quien está arrodillada, destapando una cañería con la mano.

-Recibí su carta y me gustaría hablar con usted- le digo, con ese tono aprendido de mis padres cuando me obligaban a pedir perdón.

-Adelante- me dice, cruzándose de brazos, con la tosca tranquilidad de quienes viven de cobrar dinero.

-En este momento no puedo pagar todo lo que debo, y por eso quiero proponerle algo.

-A ver.

-Desde que vivo aquí, he visto que han tenido problemas para vender el resto de apartamentos… y yo creo que puedo ayudarles con una buena publicidad, con un plan de mercadeo bien hecho… quiero pagarle con lo mejor que tengo: con mi trabajo, con lo que me apasiona…

-Berta, ¿sí la pudo destapar?- le dice a la empleada, quien rebusca con el brazo en el desagüe bloqueado.

-No señora, hay algo que no me deja, espere a ver…

-¿Entonces qué dice?- pregunto. Ella voltea, como recordando que hablaba conmigo.

-Nicolás. Le agradezco por su buena voluntad, pero en este momento lo que necesito es plata. Y necesito que me pague rápido. Berta, apúrese con eso.

-Doña Claudia, déjeme explicarle algo.

-A ver.

-Yo le propongo esto, porque así ganamos todos. Yo sé que puedo ayudarle a vender el resto de apartamentos, y yo voy a tener una oportunidad para volver a arrancar. Se lo aseguro: soy el mejor en lo que hago.

-Nicolás, déjeme explicarle algo a usted…

-Es mi pasión, Doña Claudia, usted no me entiende. Tengo que ocuparme en algo así, incluso mi psiquiatra dice que es bueno que yo haga…

-Plata, Nicolás, plata. No le estoy pidiendo otra cosa. Buenos días.

Maldita sea. Una oportunidad, ¡sólo pido una oportunidad! Quiero salir adelante, triunfar como los demás, ser el mejor en lo que hago, creer que hay esperanzas en mí, en mi país, en el mundo que se puede cambiar con buenas ideas, perseverancia y pasión… ¡Una maldita oportunidad es lo que pido!

La empleada grita y salta como una loca. La administradora se asusta y miramos lo que pasa: una rata enorme y sucia sale corriendo del túnel angosto y se escabulle por todo el patio. Dan alaridos de fobia. Doña Claudia corre hacia un rincón del patio y llora. “¡Cójala, haga algo, Nicolás!”, me ruega, me implora. La empleada escapa corriendo del patio, cerrando la puerta de vidrio. La rata, sin saber qué hacer, corre despavorida buscando inútilmente un refugio oscuro en el espacio desierto. “¡¿En qué está pensando?!”, me grita. En ideas, ideas que corren por mis neuronas como tormentas tropicales. Ideas que van ganando cuerpo y me hacen sentir mejor. Sí… Amo estos momentos epifánicos, cuando las emociones y los pensamientos confluyen...

Tapo el desagüe con el pie. La rata corre hacia ella y Doña Claudia berrea de indecible pánico. Yo camino sonriente, y me le voy encima a ese animal. Corro tras la asquerosa bestia y la atrapo en mis manos. Le agarro la cabeza por la nuca para que no me muerda. Está sucia, hiede a porquería. Sus ojitos negros estallan de furia, busca arañarme desesperada. Camino hacia la administradora, quien se ha hecho pipí en el pantalón.

-¿En qué íbamos?- le digo, ofreciéndole la rata que chilla iracunda.

-Después hablamos, después hablamos…- llora –sáquela de aquí, se lo suplico… haré lo que me pida, ¡pero váyase de aquí!

***

“Ya basta, Nicolás”, me grito, después de una acalorada discusión conmigo mismo. “Es ahora o nunca, y no vamos a perder la oportunidad”. “¿Pero es en serio lo que vas a hacer?”, “Que sí, hombre, no me jodás”. Me fumo un cigarrillo despacio para calmar las manos que me tiemblan. Reviso que todo esté en su sitio. OK. Miro alrededor: gente esperando el bus, como yo. “Hasta dónde has llegado, Nicolás… ¿Qué pensará tu madre, la chica que te gusta, tus viejos colegas?”. Me callo con una bofetada. No quiero sucumbir a los deseos de hundirme en la mediocridad y en la falta de acción. No quiero caer en la trampa de pensar en qué pasaría si regreso a mi vida normal y me dejo llevar por sus cómodos e insatisfactorios cauces. Ya basta, Nicolás, ya basta. Sin remordimientos. No hay que pensar demasiado.

Un Circular Sur voltea hacia la orilla de la calle y se detiene en el paradero con un resoplido de gas. Abre la puerta. Se suben unos, se bajan otros. Me subo, tiro la colilla humeante hacia la acera, pago las monedas del pasaje en las manos indiferentes del conductor. Me paro en medio del pasillo. Me miran. Soy un sujeto que se para frente a ellos, los segundos suficientes para deducir que les va a decir o a vender algo. El pelo cuidadosamente despeinado, su mejor loción, un reloj que lo hace ver muy importante, el saco y la corbata que mejor le quedan. Sonríe, como en un comercial de seguros de vida.

-Señoras y señores- les dice -no vengo a ofrecerles nada, ni a traficar con su lástima… Esto es simple:

Abre el cierre de un bolso en su cintura, saca un par de inmundas ratas que apunta hacia ellos y amenaza, como en las películas:

-Me dan sus malditas pertenencias, o les restriego las ratas en la cara. Ustedes deciden.

Todos se quedan estupefactos. Sé que no acaban de entender lo que sucede.

-¡Es en serio! ¡Sus pertenencias, o las ratas!- grito.

-¿Nos estás tomando el pelo?- musita un imbécil. Aprieto las ratas para que chillen y muevan esas paticas horribles que tienen. Me le voy encima y le restriego la rata en la cara, se tira para atrás, la gente grita y se intenta bajar. Unos se esconden en las sillas, otros se quedan quietos. Un par de viejos saca sus billeteras y me las ofrecen asustados.

-¡A la bolsa, carajo! ¡Sus malditas pertenencias a la bolsa!

Paso por los puestos recogiendo joyas, celulares y billetes. Igual que Doña Claudia, una señora se arrodilla y me pide que me vaya, que me da todo, que por favor... Miserables ratas, país de ratas.

-¡Todo a la bolsa, maldita!- le ordeno.

Pero cuando se le baja un poco la estupefacción, el conductor del bus se pone de pie y agarra un machete. Es el único estúpido que entiende cómo son las cosas; pero yo agarro una rata se la tiro a la cara. Las paticas y la cola revolotean por su cabeza estúpida. El asco se apodera de él, y se lanza de espaldas contra la pequeña multitud acobardada. Corro hasta la cabina, agarro la cajita donde guarda las monedas y la vacío en el bolso. La rata quiere salir conmigo del bus. Tiene más miedo que ellos. La agarro con la mano y se las lanzo a todos otra vez. Gritan. Saltan. Sufren.

***

Me río de lo increíble que puede hacer un par de animalitos, de la fuerza producida por el instinto de conservación. Todavía siento la adrenalina en mi cuerpo, pero ya tengo tiempo y espacio para pensar en lo que pasó. Doblo una esquina y dejo de correr. Me asomo por un lado del muro: nadie me persigue. Abro el bolso. Una rata revolcándose en un tesoro de monedas, billetes, joyas y celulares. Lo cierro. Me río, me burlo con rabia de lo que he tenido que sufrir y de lo que la gente de ese bus sufrió para llenarme el bolso. Respiro despacio, sosegándome con la idea de que todo me importa un culo.

“Esto es un ejemplo de lo que puedo hacer”, pienso, “podría entrar a los sitios menos esperados y seguir robando: un restaurante de sushi, un salón de belleza, un ascensor, un baño público. Nadie se resiste a ellas. Alguna vez leí que el temor a las ratas y a las cucarachas viene escrito en nuestra genética, como una alerta contra las bacterias e infecciones”. ¡Ja! Me aprovecho de eso. Qué triste, pero qué cierto: de este país sólo sale una pizca de hombres notables, una gran caterva de mediocres que se conforman con pírricos logros y genios del crimen en cantidades de exportación.

Sigo caminando. No conté con que el bus me dejaría en uno de los peores antros de la ciudad: un cementerio industrial plagado de indigentes. Planeé de todo, menos sobre el lugar dónde bajarme. No importa. Es de noche, pero no importa. Después de mi éxito me siento invencible. Camino erguido y arrogante en medio de una calle. A lado y lado se aglomeran pequeños tumultos de vagos, se sientan en torno a fuegos alimentados por plástico y caucho. El fuerte aroma del bazuco serpentea por los postes, por las paredes roídas, por las alcantarillas abiertas. Siento la confrontación de sus miradas. Sé que notan el sonido metálico de las monedas cascabeleando en el bolso de mi cintura. Huelo su codicia y su respeto por ese que hombre de apariencia decente y juiciosa, que quién sabe quién es. Paso por entre la horda silenciosa, intimidando con mi falta de intimidación.

Doblo la siguiente esquina. Algo roba mi atención a la distancia. Me acerco. Es un cartel, en un paradero de bus. Está iluminado, bien diseñado, de un estilo que conozco. Colombia es corazón, dice, y al lado del logo, la niña Patricia con sombrero vueltiao, poncho, carriel; sobre una mula cargada de café… una perfecta indigestión de excesos. Sonríe como en un comercial de perfumes. Cree que es divina, la muchachita. El riesgo es que te quieras enamorar, concluye el eslogan en la parte inferior. Basura. La más sincera y cínica basura. Jamás hubiera permitido que publicaran algo así.

-Hey, vos- dice alguien a mi espalda. Doy la vuelta y lo veo: un vagabundo que me persiguió desde la ratonera.

-Dame lo que tengás en ese bolso- me ordena. Es el esperpento más feo que he visto en mi existencia. Descalzo, sin camisa, barbado, greñudo; con señales recientes de la violencia en las calles. La mirada maliciosa y fijamente perdida en mí, con expresión de absoluta seriedad en lo que hace. Pasan los segundos suficientes para entender la situación.

Yo abro el cierre y busco la rata con la mano.

-¿O qué?- lo desafío.

Levanta la mano como para lanzarme algo, y me muestra lo que sostiene entre sus dedos: aparentemente es un puñado de su propia mierda. País de ratas. Aquí no nace Tesla, ni Mozart, ni Shakespeare, ni Kubrick, ni Goethe, ni Da Vinci. Lo que hay son genios del crimen, sí señor. Mi animal es feo, pero es limpio y manso como yo; pero este sujeto me quiere lanzar algo con lo que es mejor no lidiar. De una esquina salen otros indigentes, observándonos desde la penumbra con una mezcla de curiosidad y oportunismo. Maldita sea, ¿qué hago? Debería regresar a donde estaba, imprimir hojas de vida y meterme en el trabajo de buscar trabajo; debería ir a entrevistas y convencerlos de lo bueno que soy, de todo lo que creo en el país… debería pedir cartas de recomendación, decir que soy hijo de mis padres, sobrino de mis tíos, amigo de mis amigos, que estudié por aquí y terminé un posgrado por allá; mover las palancas que sé dónde están. Puedo hacer cosas grandes, como dice Gabriel, poner a prueba mi talento y verraquera. ¿Para qué arriesgarme por logros tan vanos, cuando puedo pararme de nuevo sobre mis valores inculcados y mis ideales construidos con tanto amor…?

Pero qué va. No me vencerá la competencia. Esta idea es mía, esta gloria es mía, y ni siquiera me la va a poder quitar un temerario indigente que me amenaza con un puñado de su propia mierda. Saco la rata y la empuño por la cola. Cierro el bolso, me lo desabrocho de la cintura, lo agarro por las correas como un arma del Medioevo.

Y me le voy encima a ese animal.

Josef Karolys, 2011.

lunes 28 de febrero de 2011

"PUTO EL QUE LEE ESTO", Roberto Fontanarrosa


Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.

No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.

Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.

Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.

Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.

No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.

De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.

"Puto el que lee esto"

John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.

Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".

Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.

No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

domingo 31 de octubre de 2010

El hijo de la maldad



“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis

y en el dos mil también;
que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos,
contentos y amargaos,

valores y dublé…”.

Enrique Discépolo, Cambalache


La primera impresión que me dio fue buena. Parecía un jefe amable, comprensivo y de buen humor. El tipo de persona que compensaría la falta de calor humano que yo sentía en el extranjero. Según me lo hacía notar, no sentía por mí esa desconfianza generalizada que muchos tienen por nosotros, los colombianos. Por el contrario, ponía a Colombia sobre las estrellas; ¡con un entusiasmo y un deleite en sus palabras…! Como si estuviera probando una comida de mi abuela:

-Oh, Colombia… qué bonito… ¡las mujeres, los paisajes, las comidas!

Era el tipo más amable que había conocido desde que llegué a Miami. Pensaba que entre todos los que vivían en “la capital latinoamericana” nos la íbamos a llevar muy bien. Que todos éramos caritativos, amigables, solidarios… Pero los mexicanos me creían delincuente, a otros colombianos se les olvidaba su compañerismo nacional; los puertorriqueños pensaban que el país era de ellos –y yo era el inmigrante- y los cubanos me trataban como un bulto de bazofia:

-Disculpe, ¿me puede ayudar, por favor?- le dije a un taxista cubano en una ocasión. -Se me varó el carro y necesito llamar a una grúa.

-¿Qué tú quiere’?- dijo, bajando la ventanilla automática.

-Si me puede prestar su teléfono para llamar una grúa.

-¿De dónde ere’, chico?

-Colombiano- sonreí.

-¿Una grúa? Mejor suicídate, coñazo.

*

Supe que mi jefe era un inmigrante palestino. Vivía en Estados Unidos desde hacía varios años, pero se había recorrido Suramérica desde que salió de su hogar. Hablaba español muy bien, pero con el acento de quienes no lo han hablado desde niños; y su entonación venezolana me hizo deducir que lo aprendió a hablar por allá. Su nombre aparecía en el contrato como “Salem Jihad Al-Aqsa”, pero todos lo llamaban afectuosamente “Mr. Charlie”.

Si no lo conociera, me lo podría encontrar en cualquier esquina de Medellín sin siquiera sospechar que venía de Israel. Tenía más cara de latino que yo; pues siempre me hablaban en inglés antes de conocerme y a él le decían "señor". Aunque una vejez decrépita se apoderaba de su cuerpo, poseía la energía de un comerciante paisa. Se vestía elegantemente informal; como haciéndose notar despreocupado con deliberación. El cabello lambido hacia atrás y fijado con grasa; perfectamente afeitado y perfumado con loción. La mayor parte del tiempo lo veía dándoles ronda a los empleados del hotel, tomando mate en la misma calabacita de siempre. Sacaba la lengua como un reptil después de cada sorbo a través de la bombilla; y a la misma hora, todos los días, se encerraba en su oficina y nadie lo molestaba hasta que volvía a salir... siempre de buen humor y haciendo chistes. “Un tipo bueno”, creía yo.

Empecé a trabajar. Esperaba con cara de postre a la entrada del pequeño hotel cuatro estrellas junto a ocho empleados más. Cuando llegaba un cliente a comer al restaurante, le recibía las llaves del carro, lo parqueaba y se las llevaba hasta su mesa. Un trabajo de tantos en el país del dólar, mediocremente remunerado por de la pereza de los gringos. Pero no me molestaba en lo absoluto. Era una tarea sencilla, la paga era aceptable y en menos de una semana ya había parqueado un Cadillac, un Mercedes Benz SLR; un Jaguar, un Lamborghini gallardo, un Porsche, un Ferrari… y los modelos de “carro mafioso”, que si en Colombia eran exclusivos de la élite, en Miami eran manejados por la plebe.

La regla era que todas las propinas se debían introducir en una caja fuerte. Los meseros, los botones, las señoras del aseo… todos estábamos estrictamente obligados a depositar los billetes en la caja y dividirlos al final de la jornada. Mr. Charlie nos vigilaba de cerca, estricto como el macho alfa de una manada de lobos y su presa; contando hasta el último centavo que entraba por la ranura de la caja.

-Vamos a picar la groyeta- decía, haciendo una seña de cortar una mano con la otra. Él abría la caja fuerte con una llave colgada al cuello y armaba montoncitos de monedas y billetes del mismo valor. Repartía equitativamente –incluyendo su parte- con esa habilidad israelí de manejar dinero.

A veces me acompañaba a esperar a los clientes afuera. Le gustaba recibirlos a la entrada y hacerlos sentir como en su casa. Tenía una clientela fija, casi todos bien conocidos por él y a todos los trataba de manera particular. Si venía un musulmán, levantaba los brazos, hablaba en árabe con él, lo saludaba con un par de besos y bendecía a Allah. Si venía un italiano, se persignaba como un católico: “¡buongiorno, ragazzo!”, le decía enérgicamente, le mostraba una medallita de la Vírgen y le daba palmaditas en los brazos. Si venía una señora, le hacía una venia, admiraba su vestido, le sonreía, le quitaba el abrigo. Los esperaba de pie mientras venían en sus carros, sonriendo como un presentador de noticiero.

Pero me confundía su actitud. A todas estas, no sabía ni de qué religión era; aunque daba la primera impresión de tomarse alguna muy en serio.

-Mr. Charlie, ¿es usted musulmán?- le pregunté una vez.

El viejo se volvió a mí con grata sorpresa.

-¿Tú eres musulmán?- susurró.

-No.

Mr. Charlie volvió a su seriedad como un resorte.

-No... no. No soy musulmán.

Pero poco a poco fue sacando las uñas de su verdadera naturaleza:

-Ahí viene este imbécil, míralo- me decía sonriente. –Enano y lerdo… más indeseable que un cálculo biliar… ¡Y mira la esposa! Ja, ja, ja… con ese pelo de escoba y ese caminado deforme. Ella cree que se es hermosa… ji, ji, ji…

-¡Charlie! ¿Cómo estás?

-¡Hola, amigo! ¡Qué bendición tenerlos por aquí! ¡Alabado sea Dios, mi hermano! Ya les busco una mesa. Qué bueno verlos...

Un par de horas más tarde se bajó un viejo de un BMW Z10. Llevaba puesta una kipá blanca y azul, gafas oscuras y un traje claro de corte italiano. Mr. Charlie aplaudió de alegría.

-¡Shabbath shalom! ¡Shabbath shalom!- le decía. Lo abrazaba como a un hermano y el viejo parecía encantado con el saludo. Hablaron en hebreo, sonrieron… me señaló, le dijo algo al viejo que lo hizo reír de mí y me pidió que me acercara.

-Tú, parquéale al carro a este viejo tacaño, hijo de la maldad, que nunca deja propinas y se las bebe todas. Es un cabrón que le pega a los hijos y se emborracha cada vez que puede. ¿Sí? Hazme el favor.

-Thank you, son- me dijo el viejo, todavía riéndose por lo que Mr. Charlie le dijo de mí.

-You’re welcom- respondí, riéndome de él.

*

En el hotel trabajábamos muchos inmigrantes, pero me hice amigo de tres. Un peruano, You-know, que terminaba cada frase diciendo “you know”; Izolda, una mesera polaca y Fréderic, un botones francés que entró luego de que yo empezara a trabajar.

Mr. Charlie lo detestaba. Era el único que no dejaba sus propinas en la caja. Cada vez que levantaba el equipaje de algún huésped -fuera una maleta, un bolso, o un monedero- hacía un quejido de dolor exagerado y lo llevaba con dificultad a la habitación. Los clientes se asustaban y compadecían de su esfuerzo físico y le daban buenas propinas.

También se reía del viejo frente a él:

-Buenos días, siñor Charlí, ¡como se ve de apuesto el día de hoy!- le dijo una vez.

Mr. Charlie lo miraba inmóvil, con desprecio, como esperando carbonizarlo con su mirada.

-¡Pero sí le ha caído un poco de grasa en el cabello, siñor…!- le dijo, retirándole con el dedo un exceso del fijador que el viejo aplicaba para aplanar un remolino -permítame limpiarlo, monsieur.

Mr. Charlie lo evitó de un manotazo.

-Atienda los clientes que llegaron- gruñó, señalando hacia la puerta. – Siga así de gracioso…- hizo una seña frente a la cara del botones, como si barriera con bofetadas

la suciedad de una mano con la otra.

-Y más na’- amenazó.

-¡Claro, siñooooooooor…!

El viejo me hizo una señal con la mano y me acerqué.

-¿Señor?

-No te juntes con ese patán.

-Sí, señor.

-Es una mala persona…

-Como diga, señor.

A lo lejos se escuchaba un quejido:

-¡Ahhhhhhhhhh!

Y a Mr. Charlie se le crispaban los labios de ira.

*

You-know era un intento de galán. Siempre lo veía con ropa nueva, una barba en candado afeitada meticulosamente (diríase que con depilador de cejas); cuidándose del mal aliento con un atomizador de menta… cada cinco minutos. Tenía una lista de piropos guardada en el bolsillo.

-Esta semana he estado con cuatro, you know; a las europeas les encantan los latinos, you know.

Sacaba el celular y me mostraba las fotos. (Pero qué mal gusto tenía You-Know…).

-El alcohol es afrodisíaco, you know- decía, guiñando un ojo.

-Eso veo…

Él era uno de los ocho innecesarios empleados que trabajábamos en el Valet Parking. Nos turnábamos los carros que llegaban, y nos tocaba un promedio diario que –fácilmente- podrían despachar sólo tres de nosotros.

-Mientras más empleados contrate Mr. Charlie, más dinero le entra, you know. El salario le sube mientras más gente tenga a su cargo, you know… Un día de estos lo voy a chantajear, amenazándolo con decirle todo al gerente del hotel… you know…

You-Know lo odiaba. No sólo porque Mr. Charlie se llevaba parte de nuestras propinas, sino porque usaba el dinero como caja menor:

-Mr. Charlie, eso no está bien, you know- le dije un día. El muy webazo había abierto la caja y se metió un billete de veinte en el bolsillo, you know.

-Eso se reparte al final entre todos, you know...

-¿Me estás vigilando, chamo?- me contestó Mr. Charlie, desafiante, you know -¿me estás vigilando? Sigue así…- me hizo la señita esa de barrerme con bofetadas frente a mi cara, you know –y más na’.

Mr. Charlie se acercó cautelosamente a nosotros ocho. El peruano casi se muere del susto.

-¡Escóndanse!- susurró. –Tú, tú y tú, quédense ahí; el resto, quédense en el hall hasta que se vaya el gerente.

*

Izolda, la mesera polaca, era igual de anarquista que un conductor de bus colombiano. (Uno de esos…). Siempre le escupía el mate a Mr. Charlie, a quien aborrecía “por explotador”. De hecho, le escupía la comida a cualquier persona importante: embajadores, celebridades, políticos, militares, empresarios… Decía que también tenían el "derecho humano de acceso a la suciedad", igual que los pobres. Si You-Know hubiera sido famoso, también habría tenido acceso a sus babitas polacas:

-Algo en tu cara me fascina, you know, algo en tu cara me domina… you know… ¿será…

-Cállese, estúpido.

Me encantaba.

Una noche había pocos clientes. Mr. Charlie estaba en su oficina. Había dejado la puerta a medio cerrar y lo observé. Sobre su escritorio picaba tomates y se los comía. Lo curioso era que partía cada uno meticulosamente en tres rebanadas iguales y se los devoraba en tres mordiscos.

Toqué la puerta.

-Mr. Charlie.

El viejo se incorporó como si lo hubieran electrocutado y cubrió los tomates con un periódico.

-¿Qué quiere?

-Pues... Como no hay casi clientes y está lloviendo… le queríamos preguntar si podemos cerrar ya el restaurante…

-No. No se puede. Déjeme solo.

Sonó el teléfono. Mr. Charlie protestó desesperado:

-¡Aahhhrrrrgg!

Empezó a guardar los tomates en una bolsa y me miró.

-¿Qué hace ahí? ¡A trabajar!

Bajó las escaleras con su bolsita en un brazo y sacó las llaves del carro.

-Me tengo que ir- nos dijo, mirando el reloj. -Cierren a la hora que es. Mañana partimos la groyeta.

Cuando se fue, Izolda se me acercó.

-¿Viste su oficina?

-Sí- le respondí.

Me tomó del brazo y subimos. You-Know subió con nosotros y Fréderic abrió la puerta. La oficina era amplia. Un escritorio de caoba, una nevera en un rincón, fotos del Juan Pablo II en las paredes, junto a la bandera palestina y a una mano de Hamsa. Estantes para libros –sólo con el diccionario de la Real Academia- y las ventanas de vidrios polarizados, perfectamente cubiertas por cortinas y black-outs.

Fréderic abrió la nevera.

-No tiene ni cerveza este viejo tacaño.

-¿Qué es eso?- pregunté, señalando lo único que había en la nevera: otra nevera. Era pequeña, cerrada con cadenas.

Izolda puso una voz de cuento infantil:

-Dice la leyenda, que en esta caja Mr. Charlie guarda su corazón…

-¡Vamos a ver qué es, you know!

Las cadenas tenían candado; sin embargo, se podían desenvolver de la nevera sin dificultad.

-¿Qué hay ahí?- preguntó Fréderic.

Yo le mostré un viejo tomate arrugado.

-¡Qué están haciendo!- chilló Mr. Charlie, tomando el cuchillo que se le había quedado sobre el escritorio -¡Esbirros! ¡Chacales! ¡Hijos de la maldad!

Y a correr.

*

Me llamó la atención que Mr. Charlie sólo quería a los niños. Llegué a pensar que sólo amaba la inocencia. Era como si la extrañara.

-Pobre muchacho...-dijo un día, esperando a los clientes con nosotros afuera. Una señora caminaba hacia el hotel con un niño de la mano. -toda la vida van a confundir a su mamá con un murciélago...

(Y es que la señora sí parecía un murciélago...).

-Señora, bienvenida... ¡cuánto tiempo sin venir!

-Tú- me dijo, entregándome un billete de diez -ve al mall del frente y cóprale un helado a este campeón.

-Ay, Mr. Charlie, usted siempre tan lindo...- dijo ella. El viejo le hacía cosquillas al niño y se reía con él.

Sin embago, parecía no querer ni a sus propios hijos.

-Jefe, su hijo acaba de llegar del aeropuerto y lo está esperando afuera- le dije.

-Déjalo que espere. Primero piquemos la groyeta.

*

-Lo felicito, señooor- me dijo. Cuando estábamos picando, saqué varios billetes de cinco que me habían dado. Al principio pensé que hablaba así por burlarse de mí. Pero luego entendí que lo decía en serio:

-Lo felicito, señooor- lo imité. Me preguntaba si estaba bien dicho un insulto en español. Él me miró serio, con cara de pitbull.

-Mr. Charlie- dijo una voz por detrás. Era el gerente del hotel, llamándolo desde el lobby. El viejo se sobresaltó.

-Escóndete, chamo- me dijo -y dile a "Lagañoso", a "Boca-de-trucha" y a "Olorín" que esperen en la cocina.

-¿A quiénes?

-¡A esa parranda de vagos que trabajan con usted!- gritó en voz baja, como si fuera obvio llamarlos así.

You-Know se reía.

-El gerente vino por mi queja, you know... Ahora Mr. Charlie está en problemas, you know.

El gerente desdobló una carta y se la mostró al viejo. Mr. Charlie la leyó, le explicó con calma e hizo la seña de picar con la mano y se la estiró. El gerente se rió y la estrechó con la suya.

A los cinco minutos, Mr. Charlie llamó al peruano.

-Hasta hoy trabajas conmigo- dijo -le hizo la seña de barrer frente a su cara -y más na'.

-¡Pero Mr. Charlie, you know!

-¡Te vas, o llamo a la policía, coño! Eso es todo. ¡Izolda! Venga acá.

-¿Sí, señor?

-Tráigame un mate.

-Enseguida, señor.

Sonó la alarma de su reloj. Mr. Charlie la apagó y subió las escaleras.

-Dile a la comunista que me suba el mate a la oficina.

-Sí, señor.

Izolda se limpió el labio inferior.

-¿Hora de comer tomates?- le pregunté. Ella hizo una seña, como diciendo que le patina el coco.

*

Trabajé hasta el final del verano en el hotel. Ya se vencía mi visa y la necesitaba para volver a trabajar. Le avisé a Mr. Charlie que debía renunciar en unos meses y el viejo se entristeció.

-¿Pero por qué a Colombia? ¿Qué te vas a quedar haciendo en esa cueva de ladrones?

-Quiero volver, Mr. Charlie, el año que viene podré seguir trabajando con usted.

-Claro que sí, chamo- me abrazó. Olí su anticuada loción y en su abrazo de dragón decrépito me sentí querido... así me llamara "Angelito-hipócrita" a espaldas mías, me explotara con delicadeza y se robara mi dinero.

-¡Ahhhhhhhhhh!- se quejó Fréderic, a lo lejos. Mr. Charlie frunció los labios.

-¿Por qué te sigues juntando con "Rata-inmunda"?

-¿Con quién?

-Con ese patán- señalo a Fréderic.

-Tiene razón, Mr. Charlie, no me vuelvo a juntar con él.

-Es una mala persona.

-Sí.

-Les roba las propinas.

-Sí.

-Les inventa apodos.

-Sí.

-Los incita a pelear.

-Sí... es un hijo de la maldad- apunté.

Mr. Charlie me miró de nuevo con cara de Pitbull.

-¡No hable así! ¡"Hijo de la maldad" es una expresión muy fea!

-Sí, señor.

Murmuró unos gruñidos de odio, como si el insulto fuera para él y se fue.

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